Moreno Pérez, Fernando

Fecha de nacimiento: 
14/10/1900
Lugar de nacimiento: 
Fecha de defunción: 
17/04/1943
Lugar de defunción: 
Clasificación de la persona: 

LA ETERNA PRESENCIA DE LA AUSENCIA

La vida. ¡Ay la vida! 

Todo parece estar -o sencillamente está- entrelazado. Todo traza líneas de significado, de relaciones. A veces lógicas, a veces emocionales, a veces irracionales, histriónicas, incomprensibles. Otras de claridad meridiana… 

Me llamo Fernando y este nombre, como el de casi todos, no se debe a la casualidad. Es fruto de una de esas líneas de significado existencial. 

Me llamo Fernando porque mi abuelo por línea materna así se llamaba. En realidad, durante buena parte de su vida -de su corta vida- le llamaron y se hacía llamar “Moreno” y para entenderlo mejor transcribo en castellano como suena en catalán: ‘Murenu’. 

¿Catalán? Sí, catalán y murciano. Mazarronero por más señas. Dejó atrás su tierra natal para buscar oportunidades en la Catalunya de los años 20, la de la Exposición Universal y el nuevo Metro transversal (ferrocarril metropolitano). Vino con toda su familia, bueno, con todo lo que quedaba de su familia y dejó atrás para siempre –sabiéndolo o no- la tierra de la eterna primavera. 

Nunca más volvió, la verdad es que no le quedó mucho tiempo. Bueno, quizá sí el necesario para formar una familia y ponerla en marcha… y poco más. La historia cogería un ritmo de locura en su tiempo y a su alrededor, como un huracán, y se llevó por delante a toda una generación, en Catalunya, en España, en Europa y en casi todo el mundo. Creó un rincón de pasos perdidos. 

Para recuperar parte de esos pasos perdidos, cuando no olvidados, os voy a contar la historia entre conocida y relatada, entre elementos de objetividad manifiesta y el relato, más íntimo, construido por la familia en torno a la figura siempre presente en el imaginario familiar por causa de su contumaz e irresoluble condición de ausencia física, social y sobre todo afectiva y emocional “real”. En mi condición de antropólogo puedo aseguraros que todas las culturas crean discurso de la “realidad” que viene definido por elementos objetivos y una gran dosis de intersubjetividad humana, una socialización de las experiencias vividas. 

Entremos en detalles. Mi abuelo se llamaba Fernando Moreno Pérez y tal y como dice su partida de bautismo: “En la Iglesia Parroquial de San Andrés Apóstol de la villa de Mazarrón, Provincia de Murcia, Obispado de Cartagena día diez y nueve de Septiembre de mil novecientos. El infrascrito coadjutor de la misma, bauticé y … solemnemente a un niño que nació el día catorce del actual a las seis de la mañana y le puse por nombre Fernando, hijo legítimo de Miguel y de Francisca; abuelos paternos Fernando Moreno Martínez y María Jesús López Martínez; abuelos maternos Tomás Pérez Morales y Antolina Méndez Vivancos. Padrinos Fabián Moreno y Leonor Zamora, esposos, a los que advertí lo procedente. Testigos Jesús Montanero y Benito Ballesta.” 

Trabajó hasta más o menos la edad de 18 años en la mina, como todos los suyos y después emigró a Barcelona, para poder encontrar un trabajo y un mundo que le diera –como a tantos otros- más expectativas. Vino con la ola migratoria que se encargó de levantar todas las construcciones e infraestructuras que se llevaron adelante con motivo de la celebración de la exposición universal de Barcelona en 1929. Y se quedó. 

No obstante, y relativo a lo inmediatamente anterior a ese paso decisivo he encontrado un certificado firmado por Matías Carrillo Martínez, secretario contador de la Comisión local de Cruz Roja española de Mazarrón que reza lo siguiente: “Certifico que Don Fernando Moreno Pérez de diecisiete años de edad, natural y avecindado en esta villa (Mazarrón), como camillero de esta Ambulancia Sanitaria Urbana ha prestado sus servicios desde el día veintiséis de mayo de 1916 hasta el día de la fecha, siendo su comportamiento digno en esta Institución. Y para que conste en asuntos de estos servicios, expido la presente con el Vº Bº del señor Presidente, en Mazarrón a ocho de abril de 1918”. 

O sea que después de pisar la mina (con sus famosos desayunos de cabezas de ajos para poder soportar la dureza de ese trabajo en aquellas terribles condiciones) pasó por la Cruz Roja antes de emigrar a Barcelona. Tenía tan sólo 17 añitos. Y en Barcelona había trabajo, mucho trabajo. Con su madre, su hermana y él como cabeza de familia consiguieron asentarse y arraigarse en su nuevo lugar en el mundo. En una modesta barriada de trabajadores cerca del puerto. 

En Barcelona, a partir de 1928 vivieron en Can Tunis. En 1929 se casó con mi abuela y tuvieron a mi madre, vivieron en la calle Galtés en Can Tunis cerca de la Campsa lo que les acarreó múltiples sustos durante los bombardeos de la guerra ya que la aviación “nacional” sentía una cierta debilidad por los depósitos de combustible. En la zona, y durante la mayor parte del período republicano, vivieron en un cuartel que posteriormente lo sería de la Guardia Civil, en aquel momento lo era de la Guardia de Asalto republicana. 

Su llegada a la Guardia de Asalto vino de la mano de la crisis del 29, doble para el caso barcelonés, pues a la finalización de todos los actos e infraestructuras de la Exposición Universal se sumaría el famoso crack bursátil y económico de 1929 con sus terribles consecuencias económicas y laborales para todo el mundo occidental. La economía quebró y el estallido social vendría inmediatamente después. En medio de todo ello, la proclamación de la Segunda República Española en 1931, un atisbo de esperanza que sería rápida y súbitamente abortado en medio de una crisis económica sin precedentes en la historia (y que tan bien podemos empezar a comprender hoy en día con una crisis de características muy similares que estamos entre viviendo y soportando) -y en 1936- por un alzamiento militar y una terrible guerra civil que se llevaría por delante a toda una generación malograda. La de él, la de ellos, la de mis abuelos. 

Según los documentos que he podido recabar mi abuelo en 1933 ya era cabo de la Guardia de Asalto de la República. El documento en cuestión es una nómina de ese mes, el líquido recibido en esa ocasión ascendía a 747 pesetas con 4 céntimos. Todo esto quiere decir que fue una suerte para mi familia –sumida en el paro sin paliativos de aquella época convulsa- que la puesta en marcha de determinadas estructuras republicanas a partir de 1931 supusiera poder volver a tener un sueldo, pero también fue una losa cuando la guerra se perdió y se pertenecía a un cuerpo armado de la odiada República. Eso supondría el exilio, la separación y la muerte prematura. Como tantos y tantos otros. 

Después aparece otro documento curioso fechado en Barcelona el 18 de julio de 1935 (un añito exacto antes del principio de la guerra civil). Se trata de una comunicación de suspensión de empleo y sueldo en referencia a los graves incidentes de octubre de 1934 en el que por lo visto mi abuelo ya empezó a manifestar una peligrosa tendencia a alinearse con el bando perdedor que finalmente resultaría fatal para él y para toda su familia. 

Al final de la guerra civil salió toda la familia de España por Puigcerdà. Nuestros “amigos” franceses rápidamente los separaron. Mi abuela y sus cinco hijos fueron a parar a un campo, quiero pensar que de refugiados, y mi abuelo fue llevado a otro diferente. Nunca supieron decir cuál. Nunca se volverían a reencontrar. Mi abuela, estando en el citado campo, enfermó. Mi madre relataba cómo entre otras lindezas pillaron en el mencionado campo “pica, pica”, sarna. Podéis imaginar las condiciones en las que se encontraban. Periódicamente los “servicios” sanitarios franceses dentro del campo pasaban gentil e hipócritamente preguntando con su peculiar acento ¿quién tiene pica-pica? ¿quién tiene pica-pica? Como todos sabían en qué consistía el tratamiento todo el mundo callaba. Entonces ellos inspeccionaban la superficie de tu piel y te enganchaban. Te llevaban a la enfermería y allí con estropajos de metal te arrancaban toda la epidermis en donde era patente la existencia del pica-pica. Era doloroso y la curación lenta antes de volver a pillarla. 

Como os decía, mi abuela enfermó y ante la evidencia de que ni por esas volvería a ver a su marido con ellos y viendo a sus cinco churumbeles, la mayor de los cuales -mi madre- tenía 10 años, reflexionó y se dijo: si a mí me pasa algo qué será de estas criaturas. En consecuencia decidió volver a Barcelona, que al menos si allí le pasaba algo tenía parte de familiares que se habían quedado y que podrían cuidar de sus pequeños. El viaje de vuelta fue largo y penoso, también humillante. Volvían los derrotados y eran motivo de burla por todos los lugares por los que pasaban. Nunca supieron decir de dónde venían, dónde habían estado, pero sí que recordaban las mofas que en Zaragoza y en Lérida tuvieron que soportar al paso del tren que los trasladaba desde Francia hacia el interior. Los partidarios de los vencedores se acercaban a las estaciones en donde hacían escala para cantar bien alto el cara al sol y chillarles “mira, ya vuelven los turistas. Qué, ¿lo habéis pasado bien por Francia?” 

De mi abuelo, en ese momento, no había que preocuparse los gendarmes se ocupaban de todo lo que pudiera necesitar, confinado como tantos miles de republicanos españoles en sus campos de refugiados que en realidad lo fueron de concentración. Su ubicación y recorrido fueron inciertos. Se habló en la familia de Argelès sur Mer pero nunca se pudo confirmar. No hay ni información ni documentación al respecto que nos pueda orientar. Además no faltaba demasiado tiempo para que los alemanes pusieran a los franceses a su servicio, una vez más. 

La siguiente referencia documental ya es posterior a la contienda civil (27/11/1940). Se trata de un Pasaporte expedido por el Consulado de España en Toulouse. En él mi abuelo aparece como portador del documento número 2001 (aparentemente es el número de pasaporte) y –curiosamente- allí donde pone “Nombre del portador” aparece su nombre, Fernando Moreno Pérez y en mayúscula y a renglón seguido “MILICIANO”, no estoy muy seguro que eso fuera bueno para él. Le reconoce el documento de marras (pasaporte) su nacionalidad española y que va solo, sin esposa ni hijos. En su interior en el apartado de “señas personales” aparece: Profesión: Jornalero. Estado Civil: Casado. Lugar y fecha de nacimiento: Mazarrón (Murcia), 14/9/1900. Como domicilio cita la ciudad de Montauban (au Midi, bien diferente lugar de aquél donde acabaría sus días). Después, aparece el lugar y la fecha de expedición del pasaporte: Expedido en Toulouse el 27 de noviembre de 1940. Válido hasta el 27 de enero de 1941. 

Una carta del Ministerio de Asuntos Exteriores de fecha 9 de febrero de 1974 dirigida a mi abuela denegándole indemnización por la detención de mi abuelo en un campo de trabajo cita: “siento manifestarle que las indemnizaciones por detención en un campo de trabajo de la Organización TODT, no son transmisibles a los herederos del perseguido.

En fecha 14 de enero de 1942, tenemos una “carte d’immatriculation” del Secretariado de Estado del Trabajo francés. Es una matriculación de seguridad social (Assurances sociales) expedida por el Servicio Regional de RENNES. El número de matrícula del asegurado es 00/35/036I3/I. Va expedida a nombre de mi abuelo y la acompaña una Ficha de Identidad de Trabajadores Extranjeros Agrupación I, grupo 528. Le identifica como agricultor de profesión y le sigue una detallada descripción física (talla, color de ojos y cabello, tipo de nariz y si tiene o no bigote y el tono de su tez ¡¡!!). Además recoge la dirección de mi abuela en Barcelona para avisar en caso de urgencia o necesidad (…) 

Desde 1940 los días, los meses y los años pasaban –con toda seguridad- muy lenta y dolorosamente. Sin posibilidad de volver a la “neutral” España, atrapado en la ratonera de la Francia ocupada, cerca de Normandía. Una Europa sometida a una Alemania imperial y hegemónica (como ahora, todo vuelve a su sitio, sea cual sea éste), fascista, donde los derechos no existían y el futuro era de un gris oscuro que amenazaba permanentemente tormenta. Solo y extrañado, trabajando por un mendrugo de pan y un chamizo donde protegerse del frío y de la humedad. También del hambre y de la enfermedad que ineluctablemente acabaría llegando y enseñoreándose de todo su pequeño y triste universo. 

Nos acercamos al final, con fecha 26 de agosto de 1943 una carta de la enfermera que le cuidó en el Hospital du Rosais sito en la villa de Saint Servan sur Mer en los alrededores de Saint Malo (Departement d’Ille et Vilaine, arrondissement de Saint-Malo) pone en conocimiento de mi abuela la muerte de mi abuelo el 17 de abril de 1943 (12 años más tarde de la eclosión esperanzadora republicana, tan solo doce años que parecían diez mil...) de tuberculosis. Había trabajado en la empresa Desprez de Miniac-Morvan (en la misma ría de Saint Malo pero tierra adentro). Había ingresado gravemente enfermo el 19 de enero de 1943. 

Antes, con la organización TODT, deduzco que entre enero de 1941 y enero de 1942 mi abuelo estuvo en las islas del canal o por lo menos en la de Jersey. También deduzco que estuvo sometido a trabajos forzados haciendo fortificaciones para los alemanes hasta que probablemente enfermó y entonces lo devolvieron al continente, al puerto más próximo Saint-Malo. O al menos esa era la interpretación que en forma de historia oral siempre tuvimos en la familia y siempre desde la distancia. Había una foto que así lo atestiguaba, llevando una carretilla llena de tierra en un paisaje desolado sino desolador. 

El primero en ir a buscar el posible lugar de entierro fui yo en el verano de 1995 y pude visitar y comprobar los lugares citados alineados a lo largo de 30 o 40 kilómetros de ría desde la zona más al interior, Miniac-Morvan siguiendo en descenso hacia el norte, hacia el océano atlántico donde estaría Saint Servan y finalmente la gran ciudad del norte, a caballo entre la Bretaña y la Normandía, Saint-Malo. En verano es, ciertamente, hermoso. Desde la Puerta del aún en marcha Hôpital du Rosais la vista al atardecer es conmovedoramente bella. Imaginé a mi abuelo, agonizante, mirar a través de la ventana de su habitación al sol poniente, al ocaso. Perfectamente consciente de que esa vida se acababa, llegaba a su fin, esa oportunidad perdida como tantas otras de aquellos hombres y mujeres que soñaron con un país diferente, mejor… y pagaron cara su osadía de ensueño, la visión de una utopía que quedaba ahora ¡tan lejos!.

Sólo había una cosa peor, seguir adelante en un mundo que había perdido –quizá para siempre- el sentido común. El sueño eterno como viene se va. Seguir adelante sin ganas, sin ilusión, sin compañero, con responsabilidades, con cinco bocas, cinco hijos que sacar a delante… pero esa es otra historia, esa es la dura, terrible, pero victoriosa historia de mi abuela, la que hace posible que hoy esté yo aquí escribiendo en su memoria, en la de todos los míos. La historia de una difícil casi imposible misión que acaba en un éxito inesperado que –relajada y orgullosamente- reflejaba su mirada ajada por el tiempo pero llena de sabiduría, de conocimiento y de comprensión de qué es esta vida. Ambas referencias, la del caído y ausente por un lado y la de la resistente, contumaz y firme -extremadamente fuerte- superviviente por el otro son la herencia de un tiempo y de un país que guardo como un extraño y formidable tesoro legado por los que me precedieron. Soy la consecuencia lógica de ese tiempo, fruto de hombres y mujeres probablemente inigualables pero referentes obligados para seguir viviendo al abrigo del sentido de la existencia. 

Hay alguna carta inmediatamente después de su muerte donde aparecen nombres de un grupo de españoles que me imagino tuvieron un destino parecido. Una tal Madame Fernández que vivía en 18 Rue du Naye en Saint Servan sur Mer, Ille et Vilaine, le dice a mi abuela (10/07/1943) que tiene cierto dinero que él había ahorrado con la intención de poder volver a Barcelona y cita a una serie de amigos o compañeros: Eleuterio Fernández, Ramon Balselles, Alejandro Juan y Santiago Ruiz. En una carta posterior (8/09/1943) Mme. Fernández cita una dirección para poder conseguir la ropa de mi abuelo que mi abuela quería que le hicieran llegar: Jose Ferri Chatelier en Miniac-Morban. También le dice que ha tenido un buen entierro, con flores y dos curas, con misa y “bien acompañado de varios compañeros españoles”. La señora Fernández finalmente le dice a mi abuela que tiene unas tías en Barcelona en la calle Valls núm. 20 bajos y que le agradecería que les hiciera una visita en nombre suyo y también que si fuera posible escribiera a su madre que vivía en calle de Sta. María 27, 3r piso de Manresa. Eso sí, queda claro que no pensaba volver pues firma siempre como Mme. Fernández. 

He querido reflejar hechos y nombres, propios y extraños, para dejar bien claro que esto que acabo de relatar ni fue ni es un sueño, es una realidad dura como el granito. No es una fantasía, es una pequeña historia de un tiempo y un lugar, de un país que hoy nos beneficiamos a la salud de un desgarro brutal que pilló por completo a esas personas que yacen bajo esos nombres y bajo una capa cada vez más gruesa de polvo. He venido a limpiar y adecentar sus tumbas, leer en sus lápidas historias sangrantes y poner unas rosas en la paz de su descanso, por fin.

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