Martínez Hernández, Andrés

Fecha de nacimiento: 
16/06/1917
Lugar de nacimiento: 
Lugar de defunción: 
Clasificación de la persona: 

“Amargos son los días
De la vida, viviendo
Sólo una larga espera
A fuerza de recuerdos.”

Luis Cernuda

‘Un español habla de su tierra’

El anciano se dirige a un banco y se sienta. Sus 83 años le pesan profundamente. El sol de esa fría mañana le reconforta. Argelés-sur-mer es un pueblo frío. Desde su banco observa jugar a los niños, alocadamente, sin preocupaciones. Y el sol tibio y las carcajadas infantiles le hacen recordar tiempos muy lejanos, cuando él era alegre y despreocupado, ¿o tal vez fue un sueño, y no lo fue nunca? 

En 1917 Mazarrón estaba sacudido por los últimos destellos de productividad que generaba la I Guerra Mundial. El estallido de la guerra había hecho que las minas mazarroneras se  reactivasen, alejando momentáneamente la crisis que venían arrastrando de tiempo atrás. El 16 de junio de 1917, nació Andrés Martínez Hernández. Su padre, un modesto albañil, luchaba denodadamente para poder llevar a casa el sustento diario para su familia. Andrés creció y comenzó a asistir a clase, algo que no todos los niños podían hacer, ya que era algo frecuente el que los niños trabajasen en las explotaciones mineras, sobre todo en los lavaderos.

A los 8 años, Andrés Martínez, según dice "influenciado por un mal amigo", dejó sus estudios, lo que sus padres aceptaron, dada la situación de penuria económica que se vivía. Y con esa edad tan temprana empezó a saber lo que era ganar el sustento con el sudor de su frente. La pleita (fabricación de utensilios con esparto), fue su primera ocupación en la fábrica de Simón.

Y así estuvo durante dos años. Pero en 1927, Mazarrón ya era una sombra de lo que había sido. Se estaba convirtiendo en un pueblo fantasma. Sus trabajadores habían iniciado un éxodo en busca de mejores condiciones de vida, y sus minas, que tanto dinero habían generado, se encontraban en plena crisis productiva, camino ya del cierre. Tres años después, la todopoderosa Compañía de Águilas abandonaba Mazarrón.

Una mañana, después de haberlo pensado mucho, los padres de Andrés Martínez decidieron venderlo todo y marcharse. Un hermano de su padre, que había abandonado el pueblo y se había instalado en Marsella, le habló del trabajo que allí había y les instó a unirse a él.

Vendió el pobre mobiliario que poseían y una mañana, junto a los pocos enseres que les acompañaban, se subieron en un carro y partieron camino de Cartagena. Y no es difícil imaginárselos por la carretera, subidos en el humilde carro, dejando atrás minas y miseria, observando el decrépito paisaje que ofrecía el pueblo.

En Cartagena tomaron un barco que llevaba la ruta hacia Barcelona, y subidos en él, amontonados en la cubierta, partieron hacia una nueva vida. En la ciudad condal los esperaban su abuela y su tío.

Tras el viaje, quedaron en Barcelona, partiendo su padre y su hermano Juan hacia Marsella, donde buscarían trabajo y casa y donde se reunirían todos cuando lo encontraran. Pero el tiempo fue pasando y a los seis meses, en lugar de partir ellos hacia Marsella, fueron su padre y su hermano los que regresaron a Barcelona, según dice él mismo "enfermos de morriña y desesperanza". Así es que en Barcelona se quedaron. Como tantos murcianos, se adaptaron a la ciudad y a sus gentes. Allí crecieron y formaron sus familias, y con el tiempo, unos volvieron y otros, continúan viviendo en la tierra que los acogió.

Andrés siguió trabajando, y conoció otros dos nuevos hermanos que nacieron en tierra catalana, y allí comenzó a despertar al mundo adulto. Este despertar al mundo, el conocer de primera mano lo que era la vida, la dura vida del obrero, lo llevó a reflexionar sobre las  condiciones en las que trabajaban sus compañeros, y a continuación, a la lectura de textos políticos. Y conoció a Kropotkin, a Bakúnin, a Malatesta, y a tantos otros, y todo ello, lo condujo a ingresar en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), el sindicato anarquista, donde también militaba su tío. Tenía 16 años y hacía dos que se había proclamado la II República.

Fueron años turbulentos, con la CNT FAI en plena oleada insurrecta. En octubre del 34 hubo una revolución, sobre todo en Asturias, y un intento de independencia de Cataluña. A este movimiento sedicioso el gobierno derechista respondió con una dura represión, y hubo cárcel y persecución. Y llegaron nuevas elecciones en febrero de 1936, que, tras mucha polémica, las ganaron los partidos de izquierda. El ambiente en España se iba enrareciendo cada vez más.

Cuando hacía un mes que Andrés Martínez Hernández había cumplido diecinueve años, el 18 de julio de 1936, se sublevaron los militares en África. Y al día siguiente, entre los anarquistas que formaron barricadas en las calles de Esplugas de Llobregat se encontraba Andrés Martínez. Después se formaría en esa localidad la sección local la CNT y Andrés sería nombrado subsecretario. Más tarde sería nombrado vicepresidente de las Juventudes Libertarias.

La sublevación fracasó y se transformó en una guerra civil. El alzamiento terminó de dinamitar la base de la radicalizada sociedad española, y a partir de ahí, todo fue distinto.

Foto de Agustí Centelles. Salida de milicianos al frenteEn septiembre de ese año, Andrés decidió dejado todo y se alistó voluntario en las milicias que luchaban contra los sublevados. Buenaventura Durruti, al frente de sus milicias anarquistas se había enseñoreado de todo el frente de Aragón, proclamando el comunismo libertario por los pueblos que atravesaba, asaltando los cielos. Y hacia allí partió el joven Martínez, desde el Cuartel de Pedralbes. Durante toda la guerra lucharía como un combatiente más en todos los frentes, "(…) de Aragón, del Este, de Extremadura, luchando, sufriendo, esperando, sometido a las lluvias, a la nieve, a los cañonazos, a los bombardeos de los aviones nazis y fascistas, avanzando y retrocediendo en constantes incertidumbres. "

Y al entusiasmo inicial, a los gritos, a las carcajadas, vinieron las caras sombrías, las retiradas, la hecatombe. Después de años de guerra, el frente republicano se  hundió. Andrés Martínez, huyendo de una retirada a otra, dio con su maltrecho cuerpo en Alicante, como miembro de un ejército moribundo, que buscaba más allá del mar su salvación. Unos consiguieron huir en buques ingleses o franceses, que partían hacia Túnez o Bizerta. Otros, no tuvieron tanta suerte y tuvieron que quedarse. Y de Alicante pasó detenido a los campos de concentración de los vencedores, "al de Albatera, al de Porta-Coeli, a las compañías de trabajo de Bétera, de Nules, al horror de ser testigo de los apaleamientos, de los fusilamientos de los compañeros por las huestes franquistas (...)''. Testigo directo de la brutalidad y de la miseria humana, un día su tímpano izquierdo estallaría a base de bofetadas.

Estuvo varios años en prisión y un día, por fin pudo regresar a Esplugas de Llobregat, eso sí, con libertad vigilada. Pero era un hombre completamente derrotado, sin trabajo y, por su pasado, completamente condenado al ostracismo por la nueva sociedad franquista. Buscando de un sitio a otro, pudo lograr un trabajo como cajista en la imprenta del Instituto Gráfico Oliva de Vilanova. Durante cinco años estuvo trabajando allí, mientras clandestinamente se jugaba la vida, pues fabricaba los moldes de los sellos de la CNT del Bajo Llobregat, pendiente siempre de la redada y del chivatazo.

Un día de septiembre de 1947, mientras trabajaba en la imprenta, su madre acudió a advertirlo. La policía estaba al tanto de su actividad e iban a detenerlo. Así que salió huyendo, desde allí mismo, camino de Francia. Pasó varios días atravesando campos, "muertos de frío, andrajoso, durmiendo de día y andando de noche, hasta Prats de Molló, y de aquí a Perpiñán...".

Francia, por fin, la libertad. 20 años antes, había salido de Mazarrón camino de Marsella y no llegó a pisar tierra francesa. 20 años después de aquella partida, Francia por fin se convertía en aquella tierra de promisión. Allí se quedó, como tantos españoles, exiliados y sin poder volver a pisar la tierra que los vio nacer, y, de aquellos años, y de lo que vino después, deja Andrés Martínez su propio testimonio:

"Y desde entonces el exilio, este despreciado y maldecido exilio que ha arruinado nuestras vidas física y moralmente. En septiembre de 1947 yo tenía treinta años; en noviembre de 1987 (que es cuando escribe estas letras), tengo setenta: cuarenta años más. En aquella huida, yo era casi un niño aplastado por la experiencia; hoy... hoy soy ya un anciano, enfermo de mil enfermedades, apurado de tanta tristeza, de tanta imposibilidad, de tanta añoranza. En aquel ayer, yo era alguien; hoy no soy nada, o bien poca cosa...”

Republicanos españoles entrando en Francia

Andrés Martínez Hernández es uno de los muchísimos casos de los mazarroneros que tuvieron que partir para buscar fuera lo que no encontraban en su tierra. Con el transcurso de los años, muchos de aquellos mazarroneros volvieron al pueblo que los vio nacer. En el caso de Andrés, su apuesta ideológica le hizo aún más complicado el regreso. Conciencia que mantuvo toda su vida, pese al exilio y a los años.

"Esta es mi autobiografía para quien quiera leerla y comprenderla. Y para todos, la afirmación de que sigo militando en la Confederación Nacional del Trabajo, y que sigo siendo un  enamorado romántico y sentimental de ese ilusorio Comunismo libertario. "

Andrés Martínez Hernández.

Hojas del árbol de mi vida. Poesías (desde 1936 hasta 1986)

Ediciones Rondas

Barcelona, 1988.

(Artículo publicado en Retahíla, Revista de Estudios de Mazarrón, nº 2, Abril de 2001)

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